Salinger: el guardián entre el infierno

Imagen de Salinger, Día D.

Artículo publicado en la web de La Aventura de la Historia (6/06/2014)

EL «DÍA D» Especial 70 aniversario:

El guardián entre el infierno

  • Salinger desembarcó en Utah portando los primeros capítulos de la obra que le convirtió en autor de culto, El guardián entre el centeno, «su razón para sobrevivir» en aquel horror.
  • Marcado por esta brutal experiencia permaneció las últimas cinco décadas de su vida huyendo de la prensa y aislado del mundo, hasta su muerte en 2007.
SARA PUERTO

El 6 de junio de 1944, el joven de 25 años Jerome David Salinger se apelotonaba en una barca junto a sus compañeros del 12º Regimiento de Infantería. «Las olas zarandeaban de un lado a otro las lanchas, entraban por las bordas para golpear a las tropas en toda la cara», recordaría uno de estos soldados. Otro: «Nunca había tenido tantas ganas de correr, pero solamente podía avanzar como una tortuga por el agua. Nos separaban de la orilla aproximadamente un centenar de metros».

El escritor pisó la playa de Utah veinte minutos antes de la Hora H. Así lo describió en el relato The Magic Foxhole (1944): «No había más que muchachos muertos… y un capellán que gateaba por la arena en busca de sus gafas. Era lo único que se movía allí, con ochenta y ocho obuses estallando a su alrededor (…) Fue derribado». «Ni todo el adiestramiento del mundo lo podía haber preparado para aquello. La experiencia fue brutal», rememoraría otro combatiente.

Ese día Salinger llevaba consigo un amuleto, «la razón misma para sobrevivir», según sus palabras: los seis primeros capítulos de El guardián entre el centeno, la novela que lo convirtió en un autor de culto, con 65 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Su tabla de salvación durante la guerra y aún después.

Así se cuenta en la más ambiciosa biografía del escritor: Salinger (Seix Barral), que firman David Shields y Shane Salerno. Recopila material inédito -más de 150 fotografías, cartas, diarios y 200 testimonios- para dar respuesta a muchas de las incógnitas sobre su vida y escritura.

En 1953, dos años después de publicar El guardián, Salinger se retiró a una cabaña en Cornish, New Hampshire, donde vivió aislado hasta su muerte en 2007. Siguió escribiendo, pero hasta ahora se desconocía qué. En esta biografía de absorbente lectura, Shields y Salerno descubren la existencia de una serie de obras desconocidas de Salinger, que se publicarán entre 2015 y 2020, por voluntad del escritor.

Averiguar por qué dejó de publicar y qué le llevó a desaparecer de la escena pública ha sido el objetivo de Shields y Salerno. Hay dos puntos de inflexión en la vida de Salinger: la Segunda Guerra Mundial y su inmersión en la religión vedanta. Dicen los autores que la primera destruyó al hombre pero lo convirtió en un gran artista, mientras que la segunda le proporcionó la paz que necesitaba pero mató su arte (sus últimos relatos no recibieron buenas críticas). Salinger era extremadamente sensible y los horrores de la guerra le provocaron una herida interior que no logró sanar. «El olor de la carne quemada nunca te lo puedes sacar por completo de las narices, da igual cuanto tiempo vivas», era lo único que contaba Salinger de aquel infierno.

Como agente de contraespionaje, fue uno de los primeros soldados que entraron en un campo de concentración recién liberado, Kaufering IV, donde se amontonaban los cadáveres calcinados. Salinger era medio judío, nacido y criado en la neoyorkina Park Avenue. Creyó que alistándose se curtiría como escritor. «En el ejército soy infeliz, pero escribo mejor que nunca y eso es lo único que importa, sobre todo porque parece que es lo único que queda», relató en una carta de octubre de 1944. Había participado en dos de las batallas más sangrientas del conflicto (en el bosque de Hürtgen y las Ardenas). Cuando terminó estaba psicológicamente destrozado.

Permaneció en Alemania como agente del programa de desnazificación hasta abril de 1946 y regresó a Nueva York casado con una alemana, de quien luego descubrió su colaboración con la Gestapo. Antes de alistarse, Salinger salía con Oona, una aspirante a actriz, hija del Nobel de Literatura Eugene O’Neill, que en su ausencia se casó con Chaplin. Él se enteró por la prensa.

En adelante buscaría el mismo modelo de mujer: bella, inteligente y, sobre todo, en el ínterin entre la adolescencia y la edad adulta. Su obsesión por la privacidad no le impidió entablar complejas relaciones amorosas. Se casó dos veces más y tuvo tres hijos, pero su familia siempre estuvo supeditada a su escritura.

Tardó diez años en escribir El guardián y se pasó el resto de su vida arrepintiéndose. Acabó renegando de la fama: de los miles de admiradores que se reconocieron en la irreverencia de Holden Caulfield, su alter ego. «No les puedo decir nada a esas personas que les ayude con sus problemas», se resistía.

Eran sus sentimientos, su juventud, su rabia contra la hipocresía, pero también su trauma de guerra. Una violencia que psicópatas como el asesino de Lennon prefirieron a la esperanza que, al final, ilumina la novela. El hinduismo vedanta fue para Salinger una fuente de paz y entremezcló estos aprendizajes con el relato de la genealogía de los Caulfield y los Glass, a quienes dedica sus últimos escritos, que aportarán nueva luz sobre el enigma Salinger.