Monika Zgustova: «Rusia no quiere recordar el gulag»

Monika Zgustova

En su último libro, ‘Vestidas para un baile en la nieve (Galaxia Gutenberg), recopila el testimonio de nueve mujeres supervivientes del gulag. Nueve experiencias desgarradoras, llenas de horror, pero también de inconmensurable belleza.

Traductora al castellano de Hrabal, Kundera, Dostoievski o Tsvetáieva, Monika Zgustova (Praga, 1957) transmite las vivencias de las ausentes de la historia oficial (masculina) de la represión soviética «para que nadie piense que las mujeres no sufrieron el gulag. Lo sufrieron incluso más que los hombres». Sus voces, como esas «voces humanas que hablan por sí mismas» de Svetlana Alexievich, se apoderan del relato en una lección de periodismo narrativo.

¿Cómo fue el proceso de contactar y entrevistar a estas mujeres?

En Moscú tuve la oportunidad de asistir a una reunión de ex prisioneros, me sorprendió que hubiera tantas mujeres. No sabía mucho de ellas en el gulag. Recibían el mismo trato que los hombres. Después fui a verlas a sus casas, vivían en la periferia o directamente fuera de la ciudad. El acceso en sí ya era muy difícil. Salía temprano y regresaba al hotel entrada la noche, tras escuchar sobre tanta crueldad, muy cansada de cuerpo y de mente.

 En el libro son ellas las que narran en primera persona.

Me pareció lo lógico. Ya escribí una novela sobre Valentina Íevleva, ‘La Noche de Valia’, ahora tenía ganas de decir la pura verdad. Y quise llevar al lector de la mano para que estuviera presente mientras las entrevistaba. Svetlana Alexievich dice que se le impone la forma por sí misma, que no va buscando qué hacer, y es lo que me pasó.

Vestidas para un baile en la nieve, Monika Zgustova

Zayara Vesiólaya, en la época de su detención. 

 

Vestidas para un baile en la nieve, Monika Zgustova

Zayara Vesiólaya, en la época de su detención.

¿Qué testimonio le marcó más?

Es muy difícil decirlo, francamente todos. Zayara Vesiólaya fue la primera. Me la imaginé con aquella frescura que conservaba incluso de mayor. Me dijo que lo más importante de su vida había sido el gulag, el amor en el gulag, lo demás, tener hijos y un marido, trabajar, había sido lo cotidiano, nada especial. También Ela Markman, cuando me contó el entusiasmo que sentía su generación por estar construyendo el comunismo y cómo después se desengañó. Fue quien me mostró las cartas de Ariadna Efrón, la hija de Marina Tsvetáieva, a Pasternak, que son una joya. Susanna Pechuro aún recordaba al novio que tenía cuando la detuvieron con 17 años. Solo los rusos son capaces de algo tan romántico. Cuando me presentó a su nieto me dijo que era la continuación de Boris. Elena Korybut-Daszkiewicz, qué mujer más fuerte, a los 40 años cuando sale del gulag comienza a estudiar en la universidad y a los 45 años es ya una de las científicas cibernéticas más conocida de su país. Valentina es muy entrañable, una mujer con mucho valor, aunque intentara el suicidio, incluso huir, que era otra clase de suicidio. No puedo olvidarme de Natalia Gorbanévskaya, su historia en la clínica psiquiátrica es terrible. Joan Báez le dedicó una canción preciosa.

La narración de esta poeta y disidente es la más contenida.

Es que no quería hablar. Nunca había contado su experiencia en la clínica en ninguna entrevista ni artículo. Me sentí muy honrada. Fue difícil, le tuve que sonsacar. Ella se desviaba, pero al final me lo contó, en frases cortas, muy tajantes. Después no pudo más y directamente me echó de su casa. No era para menos. En un hospital psiquiátrico, donde le obligaban a tomar pastillas, tuvo que ser horrible. Notar cómo te falla el cerebro cuando estás leyendo y no te acuerdas de lo que has leído hace dos minutos.

¿Cómo sobrevivieron al gulag?

Estas mujeres, que fueron presas políticas, lograron sobrevivir por su actitud mental y porque compartían entre ellas la cultura. Las prisioneras comunes no tenían los recursos mentales de las políticas. Si había un libro lo pasaban de unas manos a otras, recitaban poemas y creaban nuevos. Los memorizaban mientras iban a trabajar y luego lo compartían con las demás. Tener algo en que pensar les daba mucha fuerza. Sobrevivían las mujeres que eran capaces de restablecer su dignidad humana, aquellas que después de volver rendidas de todo un día de trabajo se quitaban el pantalón y lo planchaban con las manos, el mismo con el que dormían y al día siguiente iban a trabajar, pero eso les daba la sensación de no estar desaliñadas, las dignificaba. También les daba mucha fuerza, si el campo de hombres estaba cerca, intercambiar miradas de vez en cuando, la ilusión de un amor podía mover montañas. Y por supuesto la amistad. Eran amistades incondicionales.

“En el campo conocí el mal por el mal”, le contó Valentina. Es un tema que también ha tratado Svetlana Alexievich. ¿Cómo se enfrenta alguien a esto? ¿Cómo lo abordó en sus entrevistas?

Las mujeres quedaban muy marcadas por el mal. Lo vi en Ariadna Efrón, en sus cartas a Pasternak hablaba bien de Stalin. Y varias otras también, confiaban en Stalin, le escribían cartas, como si él no estuviera al corriente. Cuando la crueldad era menor desarrollaban una especie de cariño hacia sus verdugos. Además, mentalmente convertían a sus violadores en enamorados, era algo que ayudaba. Pero estas mujeres no querían hablar mucho de esto. Es otra generación, si ya de la sexualidad no se hablaba, de esto menos. Estaba horas a solas con ellas, hablando su idioma, y notaba que hablarles de sus violaciones iba a ser violento para ellas y no me daba la gana de violentarlas. Se lo pregunté a Svetlana Alexievich, ¿qué hago si no me quieren hablar de algún tema? Me dijo: <<Silencio, trátalo con silencio>>. Es lo que intenté hacer y creo que se nota, el silencio es elocuente.

Le dijeron que no se arrepentían de su experiencia en el gulag, incluso que volverían a pasar por ello.

En el gulag conocieron esas amistades, esas ganas de ayudar, ese amor incondicional, esa comprensión. Vivieron lo más cruel pero también lo más hermoso que se puede experimentar en la existencia humana. Al salir sintieron que tenían más capacidad que el resto de personas para definir su escala de valores. Veían que los demás no sabían qué querían en la vida, se equivocaban drásticamente… lo que hacemos todos. Pero ellas no tenían tiempo de equivocarse ya. Por esto quise retratarlas antes, durante y después del gulag. Tras su liberación, sintieron que no se las entendía. La mentalidad normal, la que se impuso en la URSS y nunca se ha perdido, era si has estado encerrada algo habrás hecho. Fue un problema, por lo que se veían básicamente con amigas del gulag y se casaban con hombres que tenían la experiencia del gulag. El libro acaba con la frase de Irina Emeliánova: “Lo más importante en la vida es sentir que te comprenden”.

 ¿Se llega a superar el gulag?

Sí y no, la experiencia queda siempre. Al regresar casi todas se dedicaron a algo importante como la disidencia, la enseñanza o a ayudar a niños enfermos. Necesitaban llenar el vacío y llenar el tiempo que tenían la sensación de haber perdido. Y al hacer aquello se sintieron realizadas, sintieron que su vida tuvo sentido. Les pregunté qué fue lo peor del gulag, respondieron que hacer cosas inútiles, como construir un muro para destruirlo al día siguiente. También la arbitrariedad, no saber a qué atenerse. Cuando les preguntaba por qué fueron a parar al gulag, se echaban a reír y me decían <<Usted todavía no ha entendido que podías haber recibido cualquier castigo sin motivo>>.

En su libro sostiene que el Estado soviético se vengó de Pasternak en su amante Olga Ivínskaya y la hija de esta, Irina Emeliánova.

La KGB no se atrevía con los escritores conocidos en Occidente, los castigaban a través de sus seres queridos. Era un estado realmente vengativo. Castigar a esas mujeres fue un caso de venganza absoluta. Ya no había ningún motivo, Pasternak había muerto y estas mujeres no eran nadie. El escritor rechazó el Nobel por temor a la represalia en Olga, así me lo dijo su hijo, que no le tenía mucha simpatía a Olga, pero sí la dignidad suficiente para reconocerlo.

¿Qué memoria existe hoy del gulag en Rusia?

La gente en general no quiere recordar. Piensan que ya ha habido suficiente. Con esto juega Putin, que quiere que solo se recuerden las páginas heroicas del pasado ruso y no anima a los historiadores que quieren indagar más en este tema, sino todo lo contrario. El máximo historiador sobre el gulag de momento está preso por difamar la Unión Soviética. El gulag no ha desaparecido, todavía hay trabajos forzados, como hemos visto con el grupo Pussy Riot.

Recibió el Premio Cálamo en reconocimiento del público como mejor libro del 2017. ¿Cree que existe un interés creciente en España por ampliar el conocimiento sobre el régimen soviético, por trascender esa imagen idealizada de la Revolución Rusa?

Totalmente. Las generaciones que no han vivido esta idealización de todo lo comunista tienen un horizonte más amplio y esto es un gran paso hacia delante, porque las idealizaciones con los ojos cerrados solo nos pueden llevar al desastre. Hay mucha diferencia en cómo la gente reaccionaba hacia mis libros hace doce años. Ahora en España y en Europa en general no tengo ningún problema ideológico.

¿Hay público en España para la literatura checa, más allá de los clásicos?

Sí, mucho. Los lectores españoles adoran a Hrabal, Havel, Kundera, Hašek o Čapek, pero también los nuevos escritores checos, como Radka Denemarková, tienen mucha aceptación. En España al leer los grandes clásicos el público se ha acostumbrado a leer literatura checa. No tiene barreras leyéndola.

(Entrevista publicada en Revista Leer nº 289 (Primavera 2018).

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