En el bicentenario del nacimiento de la autora de Cumbres borrascosas, la vida de la misteriosa escritora Emily Brontë presenta tantos espacios de sombra como su novela, vilipendiada por la crítica en su época y hoy considerada un mito moderno.

 

 

Personajes que reniegan de Dios (en la Inglaterra victoriana), que abren tumbas y cumplen terribles venganzas, que regresan de entre los muertos, que quieren matar y no se atreven, que beben hasta matarse. Todo esto y más es Cumbres borrascosas, de Emily Brontë. Un enigma sin resolver –la novela, la autora– que ha hecho, y aún hace, en el 200 aniversario del nacimiento de la escritora, correr litros de tinta.

Cumbres borrascosas es una de las grandes historias de amor de la literatura, a pesar de que Catherine y Heathcliff nunca llegan a estar juntos, ¿o sí? Encasillar, sin embargo, la novela en la categoría de historia de amor es un error que muchos, desde su publicación en 1847, han cometido. Cumbres borrascosas escapa de esta categorización, como del final complaciente que tantos le quieren dar. En realidad, que la propia novela consiente, aunque de forma superficial: por mucho que uno ansíe ese “para siempre”, la sensación que permanece es demasiado molesta. Es su incómodo legado lo que hace de Cumbres borrascosas una obra inmortal.

Enigma Brontë

El enigma Brontë lo encarna Emily (en el centro de la imagen) con sus hermanas escritoras, Charlotte y Anne, acaso ella más que las otras dos: ¿Cómo pudo concentrarse tanto talento en una misma familia, entre las hijas de un pastor anglicano, criadas en un pueblo de Yorkshire? La vida social de Londres atraía a Charlotte, autora de la magnífica Jane Eyre, quien sí estuvo en contacto con los círculos literarios londinenses.

Para su hermana menor Emily, sin embargo, esa vida mundana no tenía encanto. Al menos, no más que los mundos imaginarios de la Saga Godall, la fantasía medieval que entretenía a las hermanas en las largas tardes de escritura. Y desde luego, no más que los páramos a los que escapaba por la puerta de atrás de la casa familiar, comprimida en la fachada por la iglesia y el camposanto. No era una población tan pequeña ni tan aislada como se ha querido hacer ver. Haworth tenía casi 5000 habitantes cuando ellas vivían allí, a 320 kilómetros de Londres.

Top Withens, modelo para Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë.

La granja de Top Withens, cerca de Haworth, que inspiró Cumbres Borrascosas.

Cuando se publicó Cumbres borrascosas, se iniciaban en Inglaterra las protestas sufragistas, la demanda de oportunidades educativas y laborales para las mujeres. Nada de esto alcanzó a Emily, ni a su escritura, a diferencia de la de sus hermanas. Su vida fue más agreste; sus preocupaciones, si se quiere, más metafísicas.

Infancia sombría

Poco se sabe de Emily. La mayor parte lo contó Charlotte y el modo en que lo hizo todavía trae cola. La quinta de los seis hijos de Patrick Brontë y María Branwell nació el 30 de julio de 1818. La muerte de su madre, en 1821, y de sus hermanas María y Elizabeth, en 1825, ensombreció la infancia de una niña que fantasearía con relatos de aparecidos.

A las cuatro hijas (excepto la pequeña Anne) las mandaron internas al colegio Clergy Daughters (Cowan Bridge), de dónde las dos mayores volvieron mortalmente enfermas, lo que hizo que inmediatamente el padre sacara a las otras del colegio. A Charlotte la experiencia le inspiró los padecimientos de Jane Eyre en el internado.

En adelante, los hijos del párroco, también el único varón, Branwell, se educarían en casa, con la ayuda de su cuñada. La tía Elizabeth, soltera e independiente, fue una poderosa influencia para sus sobrinas, que se librarían de la presión para casarse o, como era común entre las hijas de clase media, lo que las Brontë definirían como “la esclavitud de la institutriz”. El padre consideraba que debía proporcionarse a las hijas una formación que les permitiera abrirse camino en el mundo. Leían a Shelley, Byron y Sir Walter Scott.

Emily era tímida, según Charlotte. De su apego a los páramos de Yorkshire habla que todos sus intentos por alejarse de su hogar terminaran en retorno: en 1835 abandona la escuela Roe Head (Mirfield), enferma de añoranza; en 1839, deja el puesto de profesora en Law Hill (Halifax) por la misma razón, y en 1842, regresa con Charlotte de la escuela de Bruselas en que impartían clase, pues muere la tía Elizabeth, y Emily se niega a volver. Cada regreso cimenta su obra poética: durante el primero (1837) escribe diecinueve poemas, en el segundo (1839) veintiún más; para finales de 1942, llevará escritos la mitad de los que se han conservado.

Un bestseller y un escándalo

En 1846, Charlotte, Emily y Anne publicaron sus poemas en un mismo volumen, bajo los seudónimos de Current, Ellis y Acton Bell. Dos meses después, Charlotte ofreció al editor las novelas de las tres. Jane Eyre, con toda su oscuridad, fue el libro más vendido de 1847, mientras que Cumbres borrascosas fue un escándalo por su violencia y amoralidad. Se pensó que era obra de un hombre.

Emily Brontë

Mi artículo sobre Emily Brontë en La Aventura de la Historia.

Emily murió de tuberculosis, al año de publicar su novela, a la edad de 30. Si bien en 1847 la crítica aplaudió la fuerza y originalidad de Cumbres borrascosas, sus escenas de crueldad y su transgresión de los preceptos morales resultaron demasiado. Para salvar a su hermana de la hoguera, intuimos, fue que Charlotte escribió lo que escribió, en la nota biográfica que acompañó a su propia edición de Cumbres borrascosas (1850): siendo ya afamada escritora, dio impulso a la obra de Emily, cuya autoría quedaba así desvelada.

Charlotte dijo que poseía “un poder y un fuego secretos que podrían haber dado forma al cerebro de un héroe e inflamado sus venas”, pero en su descripción como “más fuerte que un hombre, más simple que un niño, su naturaleza no tenía igual” estableció una visión simplista de su hermana como autora, en un dramático contraste con la extraordinaria complejidad de su novela. “Pasaría mucho tiempo –afirma la escritora Lucasta Miller en el prólogo de la novela en la colección de Penguin Classics, 2003– hasta que los críticos dejaran de consideran Cumbres borrascosas el producto fallido de una mente infantiloide o el desvarío místico de una sibila del páramo”.

Abajo el amor romántico

Habría que esperar al siglo XX para que la crítica ponderara el talento de Emily en su justa medida. El talento necesario para crear un personaje brutal como Heathcliff. La pasión de Catherine y Heathcliff despedaza el ideal de amor romántico, ese deseo inalcanzable de ser uno con el ser amado que expresa Catherine –“él es más yo, que yo misma”– y que desata la tragedia. Cumbres borrascosas es una historia de fuerzas enfrentadas: el hombre y la Naturaleza, lo real y lo sobrenatural, lo rural y lo urbano, el deseo de destrucción y de inmolarse por el propio deseo.

Es una novela, escribirá Charlotte, “agreste, árida, nudosa como la raíz de un brezo”, quien sabe si también cualidades de su hermana. De Emily dirá la escritora Elizabeth Gaskell en Vida de Charlotte Brontë (1857) que era tenaz en sus “costumbres independientes, atraída por la intratabilidad fiera y salvaje de los animales”. ¿Y Emily, sobre ella misma? “No es alma cobarde la mía…”, arranca uno de sus poemas. Desde luego hacía falta valor para atreverse con los escarpados filos de Cumbres borrascosas. No era posible un cierre complaciente, ¿cómo iba a serlo? El último eslabón que encadena este enigma lo pone una última carta de Emily a su editor, en la que le comunica que escribía otra novela. Nunca se encontró, por lo que no cabe sino concluir con otra incógnita: ¿qué ocurrió con ese manuscrito?

*Artículo publicado (07/2018) en La Aventura de la Historia.