La bailarina Loie Fuller y otras figuras revolucionarias de la danza moderna, como Isadora Duncan o Joséphine Baker, protagonizan una exposición en el Espacio Fundación Telefónica. Recupero este artículo que escribí sobre la Fuller, coincidiendo con el estreno de la película biográfica “La bailarina” (2016):

 

 

Precursora de la danza moderna, la bailarina Loie Fuller revolucionó el París de fin del siglo XIX con sus rompedoras propuestas escénicas basadas en la luz y el movimiento. Ahora, sus innovaciones se pueden apreciar en esta exposición de la Fundación Telefónica («La bailarina del futuro», hasta el 24 de junio).

El capullo de un lirio en una floración acelerada. Esa era la impresión que recibía el público cuando veía a la bailarina Loie Fuller sola en el centro del escenario, haciendo girar hasta cien metros de seda blanca en torno a su cuerpo, iluminada por los colores de la primavera. Una flor, una mariposa, un pájaro exótico. Las percepciones eran diversas, pero siempre profundas, embriagadoras, un espectáculo de ensueño. Lo nunca visto en el París de la Belle Époque.

Más artista que bailarina

La Loie Fuller, como era conocida, como la anunciaban los carteles del mítico cabaret parisino Follies Bergère, inmortalizada por su amigo Toulouse Lautrec, es una de las más célebres bailarinas de todos los tiempos, pionera en el desarrollo de la danza moderna con sus aportaciones en materia de iluminación y movimiento escénicos. Madrina artística de otras afamadas bailarinas como Isadora Duncan o Ruth Saint-Denis, apareció en Europa antes que ellas. ¿Cómo llegó esta americana, curtida en funciones circenses del estilo de Búfalo Bill, a convertirse en estrella de la Ópera de París y gozar de su propio pabellón en la Exposición Universal de 1900?

Más artista que bailarina en el sentido tradicional, nunca recibió formación en danza –solo cuando arribó a París en 1889 aprendió el cancán y otros bailes de vodevil–. La historia de Mary Loise Fuller es la de una autodidacta del escenario y una investigadora incansable, a la que las tablas neoyorquinas de entonces, que compartió en representaciones de Shakespeare y otros clásicos con algunos de los actores más prestigiosos (sin conseguir su relumbrón), se le quedaron pequeñas.

Con la troupe de Búfalo Bill

Nacida en 1862 en un pueblo de Illinois –sus padres eran granjeros–, descubrió su faceta artística en funciones infantiles hasta la adolescencia en que tuvo sus primeros papeles cómicos en teatros de Chicago, donde se mudó con su familia. Desde los espectáculos del antiguo oeste americano (con la troupe de Búfalo Bill visitó Brooklyn por primera vez) fue, poco a poco, abriéndose camino, ganando en categoría, hasta alcanzar plazas más considerables en la ciudad de los rascacielos. A los 27 años, no obstante, la carrera que la haría famosa a nivel mundial estaba a punto de comenzar.

La bailarina Loie Fuller en acción

Loie Fuller bailando en un parque hacia 1928, por Harry C. Ellis. Musée d’Orsay, París.

Perfeccionó su aplaudida Danza Serpentina ya en París, donde al diseño de la túnica añadió metros de tela y unas varillas de acero o bambú que prolongaban, desde las mangas, el alcance de sus movimientos. Sus coreografías, en especial por el peso de su atavío, requerían un enorme esfuerzo físico. La aparente simplicidad de sus piezas se complicaba utilizando proyectores y espejos, que creaban extasiantes efectos lumínicos, cambiantes, impresionistas, desconocidos hasta el momento en un París que, apurando el siglo XIX, sucumbía a la electricidad y el cinematógrafo. “Yo quería crear una nueva forma de arte. Un arte que deleitara al alma y a los sentidos al mismo tiempo, donde realidad y sueño, luz y sonido, movimiento y ritmo formaran una excitante unidad”, diría en una entrevista para una revista francesa en 1914.

Musa de las vanguardias

Musa del Simbolismo y el Art Nouveau, compendio de las aspiraciones estéticas de ambos movimientos, Loie Fuller se relacionó con personalidades de la cultura y el arte de las primeras vanguardias: poetas como Stéphane Mallarmé, que la definió como “la forma teatral de la poesía”, y Paul Valéry; artistas como Auguste Rodin, Toulouse-Lautrec, Théodore Rivière y Georges Meunier, que la pintaron, esculpieron, eternizaron en numerosas formas plásticas, y con los pioneros del cine, los hermanos Lumiére, Georges Méliès y Léon Gaumont, con quienes trabajó en tempranas filmaciones. En el Follies Bergère, donde llegó a contar hasta con 27 técnicos de iluminación, sus espectáculos no dejaron de ganar en complejidad. Allí desarrolló uno de sus números más recordados, su famosa Danza del Fuego sobre un cristal iluminado desde abajo, que fascinó a Toulouse-Lautrec.

La música jugaba, asimismo, un importante papel. Contó con las creaciones de los más innovadores compositores del periodo, como Hector Berlioz, Edvard Grieg, Florent Schmitt, Claude Debussy y Alexander Scriabin. “La música –proseguía en la mencionada entrevista de 1914– es la alegría de los oídos y me gustaría que también el deleite de los ojos. Con este fin, para hacerla pictórica, para que sea visible, marcho antorcha en mano por caminos desconocidos”.

Danza espectáculo

En su faceta como investigadora, aportó innovaciones técnicas a la escena, como el uso de enormes paneles de cristal a modo de caleidoscopio o aparatos ópticos de su invención, que fue lo suficientemente inteligente como para patentar. Incluso, en 1905, creó su propio laboratorio, con el patrocinio del matrimonio Curie, asombrada por las irradiaciones luminosas del radio. Allí preparaba unas sales fluorescentes que, esparcidas sobre su vestido, lo hacían relucir en la oscuridad. Viajaba, porque recorrió el mundo con su compañía, con todos los aparatos escénicos que consideraba esenciales para la puesta en escena, de acuerdo a su concepción de ésta como un arte total, técnica, ciencia y movimiento parte integral de un todo. La danza como espectáculo.

Cuando ya no pudo bailar, abrió una escuela desde donde promovía funciones para sus alumnas, Les Féeries Fantástiques de Loie Fuller. La salud le falló al final. A las dolencias en la espalda y la vista que acarreaba debido a la luminotecnia, añadió un cáncer de mama y, muestra del arrojo que la había caracterizado, no dudó en fotografiarse mostrando su mastectomía radical, aunque fue, finalmente, una neumonía lo que acabó con su vida. Presentó su última función en Londres en 1927; un año después, el 1 de enero de 1928, La Loïe Fuller moría en el París que la había visto florecer.

Loie Fuller e Isadora Duncan, una rivalidad de cine

La película “La bailarina (2016), dirigida por la francesa Stépanie Di Giusto, es la primera tentativa de recuperar para el gran público, a través del cine, la vida de Loie Fuller. Estrenada en el Festival de Cannes, en la sección Un Certain Regard, recrea con especial acierto el ambiente decadente del París del siglo XIX en que la bailarina americana (interpretada por la actriz conocida como Soko) trata de abrirse camino, aspirando siempre al máximo en sus números aun a costa de su propia salud. Pero es su relación con una joven Isadora Duncan (Lily Rose Depp) el aspecto que centra la tensión.

Mientras la protagonista requiere de descomunales esfuerzos físicos y artificios en sus actuaciones, la glácil Isadora posee una gracia natural para la danza y es, en palabras de la directora del filme, “alguien que ella nunca podría ser”. La avispada discípula, elevada a los altares de icono histórico en parte por su dramática muerte en el cénit de su éxito, no duda en echárselo en cara. La película refleja esta rivalidad, más dolorosa en tanto que enamoramiento por parte de Fuller, cuya adolescencia en Estados Unidos es la parte menos fidedigna (a excepción de cómo se le ocurre su Danza Serpentina) de la cinta.

*Artículo publicado (03/2017) en Descubrir el Arte.